Orando sin ganancia, sin pérdida, sin miedo

 

 

Si recogiéramos en síntesis, muy sintética, la característica del ánimo e inteligencia que adorna al ser humano hoy –producto sin duda de un desarrollo-, podríamos decir tres cosas como característica general: pérdidas, ganancias, miedo.

Sí. El llamado por nosotros “homus económicus”… ha cifrado su estar –en base, insistimos, a una evolución que ha llevado, a un estilo de vida que ha tenido- en el control de pérdidas y ganancias. El: “Bueno, con esta actitud, ¿gano o pierdo? ¿Qué pierdo…?”.

Pero ya no solamente, por supuesto, económicamente, sino que esa economía se ha introducido en todo el orbe social y de comportamiento.

“¿Qué gano yo con hacer esto? ¿Y qué pierdo, qué puedo perder, si me comporto así o asao?”. “Ante los demás, ¿gano o pierdo, si…?”.

Miedo. Sí. Hay, como herencia, un miedo… que ya se ha convertido en una necesidad; que salva, que mejora, que cuida…

En otros tiempos, tener miedo no era bueno, pero en estos tiempos “el miedo guarda la viña”.

¿Guarda la viña, ¡el miedo!...?

Y consecuentemente, cada vez que la disposición del ser va a realizar esto o pensar aquello, saca enseguida, sin querer, la medida del miedo. Y mide:

“Bueno, esto…”. “La verdad es que esto…”. “Me da miedo hacer esto, porque…”. “Tengo miedo de hacer aquello otro, porque…”.

Siempre el miedo encuentra su porqué, y atenaza, estanca, bloquea…; daña.

Pero parece que, en el siglo XXI, se remarca de manera más insistente ese componente miedoso ante cualquier situación.

En multitud de ocasiones –bajo el Sentido Orante- hemos expresado que, es propio del ser, la atención, la alerta e incluso la alarma. Pero no el miedo. Ésa es una adquisición que se desarrolla en base a la competencia, al poder, a la guerra, a la violencia…

Y como se está en un estado de guerra más o menos latente, más o menos permanente, más o menos sostenido, el miedo tiene su plena justificación.

Si nos fijamos más, el miedo se constituye en el referencial ante el Misterio, ante la Creación, ante lo creado; y en vez de darse cuenta de que la vida es un acontecimiento amado, cuidado, misterioso, se borra esa visión y se convierte en un hacer de miedo:

“No vaya a ser que el propio Misterio… no vaya a ser que la propia Creación… nos castigue, nos lleve al martirio, al sufrimiento”…

Incluso se afirma que, en la medida en que tenemos miedo al castigo, corregimos nuestros defectos.

El ganar o perder forman parte del protagonismo del ser, en su presencia en este lugar del Universo. El ganar… el ganar es el motivo principal de humanidad, que se expresa y se impone desde la más tierna infancia, y que se hace cada vez más poderoso hasta que… empieza a declinar.

“Tanto tienes… ganado, tanto vales”.

Y ese ganar está representado, a través de la razón, como el equivalente de “la verdad”. Nada más ni nada menos.

“Si ganas, eres verdadero…”. “El ganar razonablemente… demuestra que eres el mejor…”.

Todo lo que sea ganancia, es propio, necesario, obligado, estimulante, ¡natural!...

Se hace del ganar, con la espada de la razón, un motivo de vivir.

Claro, la competencia está servida; porque además de ganarme a mí mismo, superándome… en kilómetros recorridos, en logros conseguidos, en ganancias, en dominancias, en posesiones…

¡Es tan diverso el ganar! Y empieza por el propio ser, que se evalúa a sí mismo según las ganancias que haya tenido –según su criterio, o según el criterio de los demás-. Pero de inmediato pasa a evaluar a quién, a qué, puede ganar.

Y al entrar en esa competencia, se resbala en la violencia, y hace de su estar una permanente ansiedad, con la angustia del miedo y con el temor de perder.

¡Ay!, ¡el perder!... ¡Qué mal se lleva! Y es curioso porque, en las filosofías, en las culturas, en las religiones, pues nos mandan perder el ego, desprendernos de los apegos, dejar todo y seguir el camino de la virtud…

Teóricamente –“teóricamente”- el perder es bueno, bajo esos paradigmas. ¡Pero!... pero esos paradigmas quedan muy, muy, muy reservados a algunos. Y curiosamente, muchas veces se emplean como posturas “para ganar”, al considerar –en muchas ocasiones- una heroicidad, el haberse desprendido “de”.

En épocas románticas, se decía: “Voy a perder la cabeza por tu amor” –como decía la canción-, pero hoy… ¿quién la perdería? Y ¡claro!, “perder la cabeza”, en este caso sería perder la razón, perder la lógica, perder la ganancia, perder la posición, perder la estima, la valoración…

“¿Por amor…? Es demasiado biodiverso como para… perderse. ¿¡Con qué ganancia!? ¡Si seguramente va a ser efímero!”.

¿Ven? Entra enseguida esa moral de ganar o perder. “Ganas algo, pero pierdes algo. Y si pierdes algo, ¿qué puedes ganar?”.

Esa moral “terminator” –de terminar, de acabar- que está ahí, ahí, siempre al borde de cualquier idea, de cualquier proyecto; la amenaza de terminar, la amenaza de que se acabe.

.- ¡No nos es suficiente con darnos cuenta de que el Universo es inagotable! ¡¡Ya hemos calculado que el sol está en la mitad de su vida, y que dentro de 4 mil, 5 mil o 45 mil millones de años se apagará!!

.- ¡Ah!

.- ¡Hemos calculado, como humanidad, todo lo posible que tenga final; que sea una pérdida! Así que, mientras ocurre, ¡hay que procurar ganar!

Una actitud que… ¡qué lejos! –tan lejos, tan corto- está, de la Eternidad. ¡Qué lejos de la infinitud!...

Y la oración nos lo viene a recordar. Nos viene a recordar que, bajo ese ánima de perdedor, irremediablemente hay que –mientras llega- hay que procurar ganar. Y con cuidado, ¿eh? Con el suficiente miedo como para que dure el mayor tiempo posible.

Se crea así la consciencia de que las pérdidas son inevitables y son malas. Y las ganancias son conseguibles, logrables. Y loables, claro.

Así que podríamos decir –en el slogan antiguo de lo material y lo inmaterial, de la materia y el espíritu- que, en lo material, la ganancia y la pérdida son los parámetros en uso. Y en lo espiritual, el miedo.

.- Y eso que se dice desde hace tantos siglos, y que se tal, y que se cual…: “Love”, el Amor… Eso… eso, ¿cómo…? ¿No está?

.- ¡Oh, sí! Sí, sí, sí, sí, sí. Claro. Eso está incluido ya como una vacuola.

“Vacuola”: dícese de un elemento que habita en el citoplasma celular.

“Citoplasma”: dícese de la parte que no es el núcleo –que rodea el núcleo-, donde hay numerosos orgánulos.

“Orgánulos”: dícese de diferentes elementos que tienen una función para el funcionamiento celular.

.- ¡Ah! ¡El amor-vacuola!...

.- Vacuola, sí.

.- Pero… ¿cómo? No entiendo.

.- Sí, verá. Lo importante es el miedo, ¿vale? Y si tienes miedo, pues tomarás tus medidas: pondrás tu verja, tus perros ladradores, tus alarmas… ¡bueno!, “para asegurar”. Porque tienes que estar seguro. El miedo te va a dar la seguridad necesaria para tener el menos miedo posible. ¡Je!

.- Bien… ¿Y la vacuola?

.- ¡Ah, la vacuola! Sí, es verdad, que estábamos hablando de la vacuola. Pues claro, sí, le tomas cariño a los perros –porque son los mejores amigos del hombre-, le tomas afecto a tu casa, le tomas afecto y cariño a tu familia…

Claro, sí, quieres y amas a… a Pepito, a Juanita… pero

.- Pero ¿qué?

.- Pero… ¡el amor es un peligro!

.- ¿Un peligro? ¡Ah!...

.- Sí. Por eso, si antes o en algún momento se constituye en el núcleo, ha sido retirado de ese lugar privilegiado y se ha convertido en vacuola.

.- ¡Ah!

.- Sí, porque no tiene razón.

.- ¡Ah!...

.- Y estamos en el mundo de la razón. ¡Voilà!...

.- Claro…

.- ¡Y hay que ganar! ¡No vas a apostar por un amor sin futuro, sin consentimiento, sin visto bueno!... ¿¡Qué clase de ganador eres!?

.- ¡Ah!, ¡claro, claro!...

Claro. Cuando el amor, poco a poco va siendo sustituido por el miedo… a amar, porque no es razonable, no es ganador, no es vencedor –es más, tiende a ser perdedor-, pasa a un término… ¡bueno!, con mucho miedo. Un amor amedrentado, un amor temeroso, un amor razonable, un amor aséptico…

¡Qué horror!

Un amor de distancia; un amor de carrillo, de mejilla; un amor de saludo; un amor sin sol, ni luna, ni estrellas.

Sí. Así se va deteriorando, desnaturalizando, destrozando… cualquier instancia afectiva. El miedo se encarga de devorarla.

 Y lo que fue, dejó de ser: “terminator”. Y lo que se sentía como ganancia se convirtió en pérdida. Y se ‘esgrimió’ la ganancia, por haberse desprendido de una vivencia que no aportaba grandes beneficios; que era insegura; que era ‘lastrante’.

Ya, dejó de ser el núcleo de… ¡de la vida! Y así, el sujeto empezó a apostar por su individualidad, por su nuevo sentido ganador.

Y cualquier estorbo, “el Amor”, que no es razón ni ganancia, sino que es compromiso, entrega, locura…, se convierte en perdedor. “Vacuola”.

Ése es el destino habitual actual; que reclama su vigencia, que exige su cumplimiento.

Orando sin ganancia, sin pérdida, sin miedo… nos posicionamos en otra dimensión.

“Sin dimensiones”. Sin… sin algo que pueda entorpecer nuestra imaginación, fantasía, ilusión.

Y el orar se hace sustento, se hace alimento de Universo.

En su Eternidad, se proyecta infinitamente.

El apego del miedo se disuelve, y el Amor, como experiencia contemplativa, se aproxima y se intima en el sujeto, y se hace el Leitmotiv de su estar.

Se deja de plantear la ganancia.

No existe la pérdida.

Y sin embargo se está… y se ejercita el ser, en su ideal.

***

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